LXVI. La ejecución
Capítulo LXVI
La ejecución
Era medianoche aproximadamente; la luna, escoltada por su menguante y ensangrentada por las últimas huellas de la tormenta, se alzaba tras la pequeña aldea de Armentières, que destacaba sobre su claridad macilenta la silueta sombría de sus casas y el esqueleto de su alto campanario recortado a la luz. Enfrente, el Lys hacía rodar sus aguas semejantes a un río de estaño fundido, mientras que en la otra orilla se veía la masa negra de los árboles perfilarse sobre un cielo tormentoso invadido por gruesas nubes de cobre que hacían una especie de crepúsculo en medio de la noche. A la izquierda se alzaba un viejo molino abandonado, de aspas inmóviles, en cuyas ruinas una lechuza dejaba oír su grito agudo, periódico y monótono. Aquí y allá, en la llanura, a izquierda y derecha del camino que seguía el lúgubre cortejo, aparecían algunos árboles bajos y achaparrados que parecían enanos disformes acuclillados para acechar a los hombres en aquella hora siniestra.
De vez en cuando un largo relámpago abría el horizonte en toda su amplitud, serpenteaba por encima de la masa negra de árboles y venía como una espantosa cimitarra a cortar el cielo y el agua en dos partes. Ni un soplo de viento pasaba por la pesada atmósfera. Un silencio de muerte aplastaba toda la naturaleza; el suelo estaba húmedo y resbaladizo por la lluvia que acababa de caer, y las hierbas reanimadas despedían su olor con más energía.
Dos criados arrastraban a Milady, teniéndola cada uno por un brazo; el verdugo caminaba detrás, y lord de Winter, D’Artagnan, Athos, Porthos y Aramis caminaban detrás del verdugo.
Planchet y Bazin venían los últimos.
Los dos criados conducían a Milady por la orilla del río. Su boca estaba muda; pero sus ojos hablaban con una elocuencia inexpresable, suplicando ya a uno ya a otro de los que ella miraba.
Cuando se encontraba a algunos pasos por delante, dijo a los criados:
—Mil pistolas a cada uno de vosotros si protegéis mi fuga; pero si me entregáis a vuestros amigos, tengo aquí cerca vengadores que os harán pagar cara mi muerte.
Grimaud dudaba. Mosquetón temblaba con todos sus miembros.
Athos, que había oído la voz de Milady, se acercó rápidamente; lord de Winter hizo otro tanto.
—Que se vuelvan estos criados —dijo—, les ha hablado, no son ya seguros.
Llamaron a Planchet y Bazin, que ocuparon el sitio de Grimaud y Mosquetón.
Llegados a la orilla del agua, el verdugo se acercó a Milady y le ató los pies y las manos.
Entonces ella rompió el silencio para exclamar:
—Sois unos cobardes, sois unos miserables asesinos, os hacen falta diez para degollar a una mujer; tened cuidado, si no soy socorrida, seré vengada.
—Vos no sois una mujer —dijo fríamente Athos—, no pertenecéis a la especie humana, sois un demonio escapado del infierno y vamos a devolveros a él.
—¡Ay, señores virtuosos! —dijo Milady—. Tened cuidado, aquel que toque un pelo de mi cabeza es a su vez un asesino.
—El verdugo puede matar sin ser por ello un asesino, señora —dijo el hombre de la capa roja golpeando sobre su larga espada—; él es el último juez, eso es todo: , como dicen nuestros vecinos alemanes.
Y cuando la ataba diciendo estas palabras, Milady lanzó dos o tres gritos salvajes que causaron un efecto sombrío y extraño volando en la noche y perdiéndose en las profundidades del bosque.
—Pero si soy culpable, si he cometido los crímenes de los que me acusáis —aullaba Milady—, llevadme ante un tribunal; no sois jueces, no lo sois para condenarme.
—Os propuse Tyburn —dijo lord de Winter—. ¿Por qué no quisisteis?
—¡Porque no quiero morir! —exclamó Milady debatiéndose—. Porque soy demasiado joven para morir.
—La mujer que envenenasteis en Béthune era más joven aún que vos, señora, y, sin embargo, está muerta —dijo D’Artagnan.
—Entraré en un claustro, me haré religiosa —dijo Milady.
—Estabais en un claustro —dijo el verdugo— y salisteis de él para perder a mi hermano.
Milady lanzó un grito de terror y cayó de rodillas.
El verdugo la alzó y quiso llevarla hacia la barca.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó—. ¡Dios mío! ¿Vais a ahogarme?
Aquellos gritos tenían algo tan desgarrador que D’Artagnan, que al principio era el más encarnizado en la persecución de Milady, se dejó deslizar sobre un tronco e inclinó la cabeza, tapándose las orejas con las palmas de sus manos; sin embargo, pese a todo, todavía oía amenazar y gritar.
D’Artagnan era el más joven de todos aquellos hombres y el corazón le falló.
—¡Oh, no puedo ver este horrible espectáculo! ¡No puedo consentir que esta mujer muera así!
Milady había oído algunas palabras y se había recuperado a la luz de la esperanza.
—¡D’Artagnan! ¡D’Artagnan! —gritó—. ¡Acuérdate de que te he amado!
El joven se levantó y dio un paso hacia ella.
Pero Athos, bruscamente, sacó su espada y se interpuso en su camino.
—Si dais un paso más, D’Artagnan —dijo—, cruzaremos las espadas.
D’Artagnan cayó de rodillas y rezó.
—Vamos —continuó Athos—, verdugo, cumple tu deber.
—De buena gana, monseñor —dijo el verdugo—, porque, tan cierto como que soy católico, creo firmemente que soy justo al cumplir mi función en esta mujer.
—Está bien.
Athos dio un paso hacia Milady.
—Yo os perdono —dijo— el mal que me habéis hecho; os perdono mi futuro roto, mi honor perdido, mi honor mancillado y mi salvación eterna comprometida por la desesperación a que me habéis arrojado. Morid en paz.
Lord de Winter se adelantó a su vez.
—Yo os perdono —dijo— el envenenamiento de mi hermano, el asesinato de Su Gracia lord de Buckingham, yo os perdono la muerte del pobre Felton, yo os perdono las tentativas contra mi persona. Morid en paz.
—Y a mí —dijo D’Artagnan— perdonadme, señora, haber provocado vuestra cólera con un engaño indigno de un gentilhombre; y a cambio, yo os perdono el asesinato de mi pobre amiga y vuestras venganzas crueles contra mí, yo os perdono y lloro por vos. Morid en paz.
— —murmuró Milady en inglés—. .
Entonces se levantó por sí misma y lanzó en torno suyo una de esas miradas claras que parecían brotar de unos ojos de llama.
No vio nada.
No escuchó ni oyó nada.
En torno suyo no tenía más que enemigos.
—¿Dónde voy a morir? —dijo.
—En la otra orilla —respondió el verdugo.
Entonces la hizo subir a la barca, y cuando iba a poner él el pie en ella, Athos le entregó una suma de dinero.
—Toma —dijo—, ése es el precio de la ejecución; que se vea bien que actuamos como jueces.
—Está bien —dijo el verdugo—; y ahora, a su vez, que esta mujer sepa que no cumplo con mi oficio, sino con mi deber.
Y arrojó el dinero al río.
La barca se alejó hacia la orilla izquierda del Lys, llevando a la culpable y al ejecutor; todos los demás permanecieron en la orilla derecha, donde habían caído de rodillas.
La barca se deslizaba lentamente a lo largo de la cuerda de la barcaza, bajo el reflejo de una nube pálida que estaba suspendida sobre el agua en aquel momento.
Se la vio llegar a la otra orilla; los personajes se dibujaban en negro sobre el horizonte rojizo.
Milady, durante el trayecto, había conseguido soltar la cuerda que ataba sus pies; al llegar a la orilla, saltó con ligereza a tierra y tomó la huida.
Pero el suelo estaba húmedo; al llegar a lo alto del talud, resbaló y cayó de rodillas.
Una idea supersticiosa la hirió indudablemente; comprendió que el cielo le negaba su ayuda y permaneció en la actitud en que se encontraba, con la cabeza inclinada y las manos juntas.
Entonces, desde la otra orilla, se vio al verdugo alzar lentamente sus dos brazos; un rayo de luna se reflejó sobre la hoja de su larga espada; los dos brazos cayeron y se oyó el silbido de la cimitarra y el grito de la víctima. Luego, una masa truncada se abatió bajo el golpe.
Entonces el verdugo se quitó su capa roja, la extendió en tierra, depositó allí el cuerpo, arrojó allí la cabeza, la ató por las cuatro esquinas, se la echó al hombro y volvió a subir a la barca.
Llegado al centro del Lys, detuvo la barca, y, suspendido su fardo sobre el río:
—¡Dejad pasar la justicia de Dios! —gritó en voz alta.
Y dejó caer el cadáver a lo más profundo del agua, que se cerró sobre él.
Tres días después, los cuatro mosqueteros entraban en París; estaban dentro de los límites de su permiso, y la misma noche fueron a hacer su visita acostumbrada al señor de Tréville.
—Y bien, señores —les preguntó el bravo capitán—, ¿os habéis divertido en vuestra excursión?
—Prodigiosamente —respondió Athos con los dientes apretados.