15. - Hester y Perla
15. - Hester y Perla
De esta manera, Roger Chillingworth —una vieja figura deformada, con un rostro que se grababa en el recuerdo de los hombres más tiempo del que ellos deseaban— se despidió de Hester Prynne y continuó encorvado recorriendo el terreno. Cogía aquí y allá una hierba o arrancaba una raíz, y las metía en la cesta que llevaba al brazo. A medida que avanzaba, su barba gris rozaba casi el suelo. Hester permaneció contemplándole un momento, mirando con una curiosidad teñida de fantasía si la tierna hierba de la temprana primavera no se agostaba bajo sus pies y mostraba el rastro vacilante de sus pasos, seco y oscuro en medio de su alegre verdor. ¿Qué clase de hierbas podían ser las que el viejo recogía de modo tan diligente? ¿No le saludaría la tierra, impulsada a un mal propósito por la simpatía de su mirada, con aquellas matas ponzoñosas de especies hasta entonces desconocidas, que brotarían al contacto de sus dedos? ¿O sería suficiente para él que toda planta salutífera se convirtiera en algo deletéreo y maligno a su contacto? ¿Brillaba realmente para él el sol que con tanto esplendor resplandecía en todas partes? ¿O había allí —y eso parecía—, un círculo de sombra siniestra, que se desplazaba con su figura deforme a cualquier lado a que se volviese? ¿Y adónde iba ahora? ¿No se hundiría súbitamente en la tierra, dejando un hueco estéril y maldito, donde con el tiempo crecería la belladona, el cornejo, el beleño o cualquier otro tipo de planta malsana que el clima podía producir, para florecer con espantosa lozanía? ¿Q desplegaría unas alas de murciélago y saldría volando, pareciendo más horrible a medida que se remontase hacia el cielo?
—¡Sea o no pecado —dijo Hester Prynne con amargura, mientras todavía le contemplaba—, odio a ese hombre!
Se censuró a sí misma por ese sentimiento, pero no pudo vencerlo ni abandonarlo. Cuando trataba de hacerlo, pensó en aquellos días pasados en una tierra lejana, cuando él abandonaba, a la caída de la tarde, la reclusión de su estudio para sentarse al amor de la lumbre y a la luz de su sonrisa nupcial. Necesitaba disfrutar del calor de aquella sonrisa, según decía, para que el hielo de tantas horas solitarias pasadas entre los libros desapareciera del corazón del hombre de letras. Aquellas escenas no le parecieron en el pasado más felices que ahora, pero, vistas desde la funesta perspectiva de la vida que las siguió, ellas mismas se colocaban en la lista de sus recuerdos más horribles. Le parecía increíble que tales escenas hubieran podido ocurrir. No comprendía por qué se casó con él, qué fue lo que la impulsó a dejarse arrastrar hasta aquella boda. El mayor de los crímenes de su vida, el que más arrepentimiento causaba en ella, era haber soportado e incluso correspondido al tibio contacto de su mano, y que la sonrisa de sus labios y sus ojos se hubiese mezclado a la de él. Y le parecía que la mayor ofensa cometida por Roger Chillingworth, mayor que cualquiera de las que le había hecho desde entonces, era haberla inducido a creerse feliz a su lado, en la época en que su corazón no conocía nada mejor.
—Sí, le odio —repitió Hester con más amargura que antes—. ¡Me engañó! ¡Me hizo más daño que yo a él.
¡Tiemblen los hombres que conquisten la mano de una mujer si no conquistan con ella toda la pasión de su corazón! Porque su suerte habrá de ser miserable si, como en el caso de Roger Chillingworth, otras sensaciones más poderosas que la suya despiertan la sensibilidad de la mujer y ésta llega a reprocharle la calma tranquila y la marmórea imagen de la dicha que le habían impuesto como cálida realidad. Pero Hester hacía mucho que debía haber olvidado esa injusticia. ¿Qué sacaría de ella? Siete largos años bajo el tormento de la letra escarlata, ¿se habían limitado a provocar tanta miseria sin conseguir el arrepentimiento?
Las emociones de los breves instantes en que permaneció contemplando la encorvada figura del viejo Roger Chillingworth arrojaron una luz sombría sobre el estado de ánimo de Hester, revelando cosas que, de otro modo, no hubiera sabido sobre sí misma.
Cuando él desapareció, llamó buscando a su hija:
—¡Perla! ¡Pequeña Perla! ¿Dónde estás?
Como la actividad de su espíritu nunca se enfriaba, Perla no había desaprovechado la ocasión de entretenerse mientras su madre hablaba con el viejo recolector de hierbas. Primero, como ya contamos, había coqueteado caprichosamente con su propia imagen en un charco de agua, invitando a la aparición a salir, y, como ésta rechazó la aventura, buscó un pasaje para sí misma hacia aquella esfera de impalpable tierra y cielo inalcanzable. Pero descubriendo enseguida que bien ella o su imagen eran irreales, buscó un pasatiempo mejor en otro lado. Hizo barquitas con corteza de abedul, las fletó con caracolas y envió a la ventura más cargamentos que cualquier mercader de Nueva Inglaterra; pero en su mayoría quedaron varadas junto a la orilla. Cogió un cangrejo vivo por la cola, apresó varias estrellas de mar y sacó del agua una medusa para que se derritiese con el calor del sol. Luego, cogió la blanca espuma que la marea alta esparcía sobre la playa y la lanzó al viento, corriendo tras ella con pies alados para recoger los grandes copos de nieve cuando caían. Al ver una bandada de aves marinas que picoteaban y revoloteaban por la playa, la traviesa niña llenó su delantal de piedrecillas y, arrastrándose sigilosa de roca en roca tras los pájaros, demostró su gran habilidad para apedrearlos. A un pajarito gris de pecho blanco perla estaba casi segura de haberlo alcanzado con una piedra, porque había huido revoloteando con un ala rota. Pero entonces la niña-duende suspiró y dejó de jugar: le apenaba haber hecho daño a un pequeño ser que era tan arisco como la brisa marina, o tan huraño como la misma Perla.
Su entretenimiento último fue recoger algas marinas de distintas clases y hacerse con ellas una bufanda, una manteleta y una peluca, consiguiendo de este modo el aspecto de una pequeña sirena. Había heredado la habilidad de su madre para inventar ropas y vestidos. Como detalle último de su falda de sirena, Perla cogió algunas algas largas e imitó lo mejor que pudo, sobre su propio pecho, el adorno que tan familiar le era en el de su madre. Una letra A, la letra A, pero de un verde vívido en vez de escarlata. La niña inclinó la cabeza sobre su pecho y contempló aquella marca con extraño interés, como si el solo motivo por el que había sido traída a este mundo fuera adivinar su oculto significado.
—Quizá me pregunte mamá qué significa —pensó Perla.
Precisamente en este momento oyó la voz de su madre y, volando con la ligereza de una de aquellas aves marinas, surgió delante de Hester Prynne brincando, riendo y señalando con su dedo el adorno que llevaba al pecho.
—Mi pequeña Perla —dijo Hester al cabo de un momento de silencio—, la letra verde, y en tu pecho de niña, no significa nada. Pero ¿sabes, hija mía, qué significa esta letra que tu madre está obligada a llevar?
—Sí, mamá —dijo la niña—. Es una A mayúscula. Tú me lo has enseñado en la cartilla.
Hester se quedó mirando fijamente su carita, pero, aunque tenía la singular expresión que a menudo había notado en sus ojos negros, no estaba segura de que Perla atribuyese algún significado al símbolo. Sentía un deseo enfermizo por aclarar aquel punto.
—¿Sabes, hija, por qué lleva tu madre esta letra?
—¡Claro que lo sé! —contestó Perla lanzando una mirada radiante a su madre—. ¡Por la misma razón por la que el ministro se pone la mano sobre el pecho!
—¿Y qué razón es ésa? —preguntó Hester, sonriendo a medias ante la absurda incongruencia de la observación de la niña; pero, cuando recapacitó, se puso pálida—. ¿Qué tiene que ver la letra con otro corazón que no sea el mío?
—Ya te he dicho todo lo que sé, madre —contestó Perla, más seria que de costumbre—. ¡Pregúntaselo al viejo con el que has estado hablando! Tal vez él pueda decírtelo. Pero ahora, hablando en serio, querida madre, ¿qué significa la letra escarlata? ¿Y por qué la llevas sobre el pecho? ¿Y por qué el ministro se lleva la mano al corazón?
Puso una mano de su madre entre las suyas y la miró directamente a los ojos con una intensidad que rara vez dejaba ver su carácter cruel y caprichoso. A Hester se le ocurrió pensar que tal vez la niña estuviese intentado acercarse a ella con infantil confianza, y haciendo cuanto podía, y con toda la inteligencia de que era capaz, por establecer un punto de encuentro para la comprensión de ambas. El aspecto en que Perla apareció era insólito. Hasta entonces, la madre, aunque amaba a su hija con la intensidad de un cariño único, se había preparado para esperar en pago únicamente el capricho de la brisa de abril, que gasta su tiempo en un grácil jugueteo, tiene arrebatos de pasión inexplicable, está llena de petulancia cuando mejor se comporta y hiela más que acaricia cuando le ofreces el pecho; para hacerse perdonar sus ofensas, algunas veces, siguiendo sus vagos propósitos, te besa las mejillas con una especie de dudosa ternura y juguetea cariñosa con tu pelo para luego dedicarse a otras ocupaciones ociosas dejando en tu corazón un placer melancólico. Y esto era lo que la madre pensaba del carácter de su hija. Cualquier otro observador tal vez hubiese visto unos cuantos rasgos poco simpáticos, y les hubiera dado una coloración más sombría. Pero ahora en la mente de Hester se imponía la idea de que Perla, con su notable precocidad y agudeza, tal vez había llegado a la edad en que podía convertirse en una amiga a la que confiar sus penas sin que en ello hubiera falta de respeto para la madre o para la hija. En el pequeño caos del carácter de Perla podían verse brotar —y así fue desde el primer momento— los arraigados principios de un valor totalmente resuelto, de una voluntad irrefrenable, de un orgullo tenaz que podía ser domeñado por el propio respeto, y un amargo desprecio hacia muchas cosas en las que, tras examen, podían apreciarse ciertos tintes de falsía. Además poseía afectos, aunque hasta ese momento fueran ásperos y desagradables, como lo son los más ricos aromas de la fruta verde. Hester pensaba que, con todos estos excelentes atributos, tenía que ser muy grande la maldad heredada de su madre si la niña-duende no lograba convertirse al crecer en una mujer noble.
La inevitable tendencia de Perla a rondar en torno al enigma de la letra escarlata parecía ser una cualidad innata de su persona. Desde la época más temprana de su vida consciente, mostró esa tendencia como si fuera una misión que le hubieran encargado. Hester pensaba a menudo que la Providencia tuvo un designio de justicia y castigo al dotar a la niña de esa tendencia tan notoria; pero hasta entonces nunca se le había ocurrido preguntarse si no existiría también, unido a ese designio, un propósito de piedad caritativa. Si la pequeña Perla fuese considerada, con fe y confianza, como un espíritu mensajero al mismo tiempo que como criatura humana, su destino ¿no podría ser aliviar la tristeza que yacía fría en el corazón de su madre, y que lo convertía en una tumba? ¿No podría ayudarla a dominar la pasión, en otro tiempo tan violenta y todavía no muerta ni adormecida, sino sólo aprisionada dentro de aquel corazón sepulcral?
Éstos eran algunos de los pensamientos que pasaban ahora por la cabeza de Hester con tanta viveza como si alguien en ese momento se los susurrara al oído. A su lado seguía la pequeña Perla que, durante todo ese tiempo, tenía entre las suyas la mano de su madre y volvía su carita hacia arriba para hacerle insistentemente una y otra vez las mismas preguntas.
—¿Qué significa esa letra, madre? ¿Y por qué la llevas? ¿Y por qué se pone el pastor la mano sobre el corazón?
—¿Qué puedo decirle? —se preguntó Hester a sí misma—. ¡No! Si ése ha de ser el precio que debo pagar a cambio de la comprensión de la niña, no puedo hacerlo!
Luego habló en voz alta:
—¡Qué tonta eres, Perla! ¿Qué preguntas son ésas? Hay muchas cosas en este mundo sobre las que los niños no deben preguntar. ¿Qué sé yo del corazón del pastor? Y por lo que se refiere a la letra escarlata, la llevo porque me gusta su hilo dorado.
En los últimos siete años Hester Prynne nunca había mentido sobre el símbolo que llevaba al pecho. Tal vez fuese el talismán de un espíritu rígido y severo, aunque a la vez guardián, que ahora la abandonaba, como si reconociese que, a pesar de su estricta vigilancia sobre aquel corazón, alguna nueva maldad se había deslizado dentro de él, o que alguna de las antiguas había sido expulsada. En cuanto a la pequeña Perla, de su cara no tardó mucho en desaparecer aquella expresión de ansiedad.
Sin embargo, la niña no parecía muy dispuesta a abandonar el asunto. Dos o tres veces, cuando regresaban hacia casa, y a menudo durante la cena y mientras Hester la estaba acostando, y una vez más cuando ya parecía estar profundamente dormida, Perla la miró con aquella expresión traviesa en sus negros ojos.
—Madre —dijo—, ¿qué significa la letra escarlata?
Y a la mañana siguiente, la primera señal que dio la niña de haberse despertado fue la de alzar la cabeza de la almohada y hacer aquella otra pregunta que de forma tan inexplicable asociaba a sus indagaciones sobre la letra escarlata:
—¡Madre, madre! ¿Por qué se lleva siempre el pastor la mano al corazón?
—¡Calla de una vez, niña traviesa! —contestó la madre en un tono que hasta entonces nunca se había permitido—. ¡No me des más la lata, o te encerraré en el cuarto oscuro!